En Órbita

La botticelli

El consejo editorial de Tercera Órbita quiere compartir con ustedes esta interesante descripción de espacios, personajes y escenarios de una nueva colaboradora. El nombre de la protagonista de este discurso ha sido reservado para proteger su identidad.

Por Sara Ana Martínez*

Para mí no tiene nada de malo o de poco inteligente que una mujer se putee. Y menos si es una escort porque otra cosa es ser una puta de burdel feo, eso sí no me gusta y ojalá que nunca me toque. Pero yo no me siento culpable o menos por ser una puta. A lo mejor estoy muy tostada o por allá montada en la nube. La verdad es que la prostitución es un negocio como cualquier otro. 

Yo me metí en este mundo casi sin darme cuenta,  la vida me fue llevando de una forma muy sutil, nunca me sentí presionada por “no tengo con qué comer” o “tengo que pagar esto si no me echan de mi casa” No, nunca. Es más, tengo que reconocer que siempre lo he hecho para pagarme mis gustos. A mí los cuchos me ofrecían plata y me acostaba con ellos por un jean, por unos zapatos. Luego ya me dije: “voy a cobrar y me voy a dedicar a esto”.

El éxito que he tenido como prostituta ha sido gracias a mis viejitos. Y es que cómo no van a añorar lo que se les fue de las manos, esa carne tersa y joven. A los cuchos les encanta un cuerpito de niñita como el mío. No les gusta  una cosa exuberante,  será porque no es de su época lo artificial, y como cosa rara me he dado cuenta de que a la juventud tampoco le gusta las grandotas porque los sardinos que me estoy comiendo como clientes también les atrae lo natural, se mamaron de la teta artificial.

Foto: Sofía Drada

No sé realmente por qué disfruto tanto la prostitución,  creo que es una especie de venganza en contra de los hombres. Toda mi vida me sentí utilizada por ellos y pienso que prostituyéndome soy yo quien los usa, la que en una hora los bota. Siento que cada vez que me pagan los estoy humillando, es como decirles: “usted vale tan poco que solo pagando puede estar con una mujer como yo”

Desde los seis años he sido abusada. El primero fue un señor de una finca que me tocaba la vagina, después fue otro señor, todos eran así, peones, no me acuerdo qué hacía exactamente, pero él me manoseaba. Esos dos primero; luego, a los nueve años, me violó mi padrastro. Entre juegos bruscos el aprovechaba para tocarme una pucheca y a mí me gustaba, pero yo pensaba que eso no estaba bien.

Un día se lo dije, o sea, a los nueve años no le iba a decir “vea a mí me parece que usted está abusando sexualmente de mí” sino que le dije que no estábamos jugando bien, ese fue el término que yo usé. Entonces él me amenazó, dijo que si yo le contaba algo a mi mamá  la iba a matar, él tenía un arma, ahora no sé si el arma tenía balas, creo que no, pero bueno. Él me tocó, me besó, me metió la pinga.

Cada vez que lo hacía yo sentía angustia porque pensaba que iba a quedar embarazada. Mientras mi mamá se veía Betty la fea o yo qué sé, él le decía que me iba a leer un cuento en el cuarto, cerraba la puerta y allá me violaba. Así fue durante cinco años. A los catorce me revelé y él comenzó a darme contra el mundo. Me pegaba, me azotaba, me cogía como balón de fútbol. Mi mamá decía que él me pegaba que porque yo era muy rebelde.

A los quince años le conté todo a mi mamá. Ella me dijo que iba hablar con él para preguntarle y en caso tal de que fuera cierto sería culpa mía porque yo andaba en short por la casa con unas blusitas de tiritas sin sostén. Además me dijo que no tenía nada de raro, a ella un tío la había violado y era una persona sin ningún trauma. Yo con quince años de edad qué podía decirle si para ella una violación era normal. Como tirarse un pedo y que huela feo, eso es lo que se espera de la vida ¿no?

Foto: Sofía Drada

Mi mamá se fue a hablar con mi padrastro y duró como cuarenta minutos con él, le aseguró que “no, que nunca haría algo así, que él adoraba a su hija y por ella daría la vida”. Mi mamá me dijo que si era verdad me fuera hacer un examen. De bruta yo le dije que no me iba hacer nada…  no sabía que había leyes que me defendían, no sabía que podía demandar, yo era una niña que tenía miedo.

No insistí más, yo pensaba que si me ponía a pelear me echaban de la casa. Antes de que me adoptaran, siempre estuve en esas casas hogares, me imagino que mi inconsciente me decía “marica, pues esta es la única familia que te adoptó, por qué te ponés a pelear, vas a quedar en la calle otra vez”. Y bueno, vivíamos los tres así, yo odiaba profundamente más a mi mamá que a mi padrastro, porque él hizo lo que hizo, pero ella dejó que él lo hiciera. Y de ahí en adelante vinieron escándalos, golpes, patadas…

A los veintiuno me fui de la casa porque encontré un trabajo fijo en un spa elegantísimo del norte de la ciudad. Como ganaba un sueldo me fui a vivir a una pieza, estaba muerta del susto pero sabía que era lo mejor, no iba a estar al lado del demonio. Al mes y medio me fui para un apartaestudio. Claro, había comenzado a putear.  Entendí que como mujer tenía un poder, que tenía belleza, juventud y algo que a los hombres les gusta, la cuca. Y además todos me lo querían pedir.

Entendí que ellos tenían una necesidad que era sexo y yo una necesidad que era el dinero porque no tenía el apoyo de nadie. Toda mi vida me habían tocado en contra de mi voluntad ¿Por qué no dar mi cuca a cambio de dinero bajo mi voluntad? No era mal negocio. Así lo decidí, canjear un poco de seguridad a costa de mi salud porque me he enfermado, es que no te culean como se culean a la mujer, te culean como un hijueputa para desbaratarte, a uno se le puede dislocar la cadera porque te pichan con odio, pero es un odio por ellos mismos porque saben que si no pagan nadie más se los va a comer.

Es una vida muy triste, muy sola. Estás con un montón de hombres y ninguno te valora,  todos te dicen que “usted tan linda por qué no te sales de esto” pero todos te buscan a los ocho días para que abras las piernas, lo que dicen es un acto reflejo de la moral, en realidad ninguno siente compasión por las putas.

Así como estoy, estoy bien, no cambiaría nada, no considero que tenga un propósito importante, para mí la vida no es salvar el mundo, ni escribir un libro, ni tener un hijo, ni sembrar árboles, para mí la vida es esto, estar aquí,  ahora  enmarihuanada y ya. Es más, no espero nada de la vida, yo espero vivir hasta los treinta, y espero que la vida me dé esos treinta.

* Licenciada en literatura de Univalle.

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