Nada es más potente que pasar conocimiento de una mente a otra. El arte sigue siendo uno de esos pocos reductos que quedan en que los nóveles buscan en los oficios originarios, en las expresiones populares del hombre, las claves del futuro posible. Por eso hoy quiero hacer homenaje a un hombre que dedicó su vida a hacer arte primitivo, arte de base, arte de oficio, arte popular, arte para las generaciones venideras.
El sábado 20 de junio murió mi tío Alfonso. Lo vine a conocer tarde, cuando estando en la universidad, mi novia de entonces se fue a vivir a Bogotá. Mi padre, su hermano, me había contado poco de él: que en el colegio se había dedicado a dibujar, no fue un buen estudiante y que siendo adolescente había huido de Cali y de unos amigos viciosos, para radicarse en la capital. Lo llamé para visitarlo. Me dio la dirección y fui con Luz Adriana. Aquella vez nos pareció un tipo simpático, parecido a Juan Tamariz, el mago humorista español narizón y con el pelo deshilachado; la mirada distinta, humilde y lúcida más parecida a la de mi padre. Pagaba una habitación pero en realidad lo trataban como un miembro más de la familia. Cuando llegamos fuimos invitados a la sala principal de la casa, nos ofrecieron jugo de tomate de árbol y pan, nos entretuvieron con una charla doméstica. Mi tío, vestido y preparado formalmente para el agasajo, reía sin perder la compostura como resaltando que él no era el amo del hogar, sino un inquilino.
Ya no recuerdo de qué hablamos. Comenté que estaba iniciando mis estudios en literatura y se alegró, me ofreció uno de sus tesoros, el primer tomo de Las mil y una noche del Círculo de Lectores del año 77, traducido por Vicente Blasco Ibáñez e ilustrado por Juan Marigot, comprado de segunda o sustraído de algún Centro de Documentación de la zona. Lo interpreté como un espaldarazo a mi vocación literaria. Creo que aquel día no vi sus pinturas, o quizás sí pero no les di importancia, me habrán parecido primitivas, como ideadas por un niño, sin que las proporciones de las cosas tuvieran sentido. Pero ahora que las tengo en mi poder, las veo como fragmentos de El jardín de las delicias de El Bosco, salvo que los personajes eran él, los amigos de la cancha, los del barrio en escenarios que combinan Santa Fe de Bogotá con el caribe, los llanos orientales y muy escasamente la parroquia de San Antonio en Cali.
Memoria póstuma de Alfonso MirandaNada es más potente que pasar conocimiento de una mente a otra. El arte sigue siendo uno de esos pocos reductos que quedan en que los nóveles buscan en los oficios originarios, en las expresiones populares del hombre, las claves del futuro posible. Por eso hoy quiero hacer homenaje a un hombre que dedicó su vida a hacer arte primitivo, arte de base, arte de oficio, arte popular, arte para las generaciones venideras. […]
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Con el tiempo me he dado cuenta de que son pinturas alegóricas y primitivistas. El primitivismo es una corriente poco conocida, cuyo origen es popular y muy antiguo. Solo vino a ser incluida en la historiografía del arte cuando la Gauguin y Picasso la hicieron famosa, aunque restándole toda la esencia primitiva: el primero solo extrajo el concepto de lo marginal y el segundo, la tosquedad. Pero lo que caracteriza al verdadero primitivismo es la estructura muralista, los materiales ordinarios, muchas veces fabricados por el mismo pintor como en el caso de Marcial Alegría que pintaba con esmalte industrial y un pincel de pelos de la cola de su propio gato.
El primitivismo es una especie de anarquismo pictórico, rechaza de plano los cánones académicos y el circuito comercial alrededor del arte. Mi tío Alfonso, cuando supo que yo me quedaría con los restos de su obra, me dijo, «mis cuadros no se venden, mis cuadros se regalan». Lo suyo no era la conquista del espacio artístico, sino la representación del mundo que él percibía y compartía con sus congéneres, con el que disfrutaba y hacía disfrutar, materia prima para jóvenes conquistadores en busca de inspiración.
Alfonso Jesús no tuvo la suerte del cordobés Marcial Alegría que es autor del único cuadro colombiano que reposa en el museo del vaticano porque se lo regaló a Juan Pablo II cuando en 1986 visitó entre otras ciudades a Cartagena de Indias; tuvo más en común con el ocañero Noé León a quien lo último que le interesaba era salir de su casa en Barranquilla, «que salieran sus cuadros», contestaba cuando lo invitaban a la inauguración de una exposición suya. Alfonso Jesús tampoco fue a la única exposición que sus amigos organizaron, prefería que fueran sus cuadros con tal de no irse de su casa en Bogotá, salvo para comprar cigarrillos, beber en alguna esquina del barrio Marco Fidel Suárez y jugar fútbol en alguna calle o peladero. Su apodo era Kempes.
Claro, eso era cuando joven. No tengo la data completa, pero según me contó Dora Pulido, sus hermanos José Gelasio y Marco Antonio jugaban fútbol en las canchas del parque El Tunal, cuando vieron que un marihuanero empezaba a darles órdenes tácticas desde el lateral. Era Alfonso que después de fumarse un porro, se convertía en un buen estratega técnico para el equipo. Era mechudo, barbudo y cuando lo invitaron a jugar, vieron que además marcaba goles. Por eso lo bautizaron Kempes, que en año 78 era también barbudo, mechudo, metía goles y estaba de moda. Junto a él fundaron el Falcons fútbol club, que con el tiempo tuvo dos categorías, la B, dirigida por don Alberto, tío biológico de Gelasio y Marco Antonio, que ganó varios campeonatos Codesur en El Tunal, y la A, donde jugaba Alfonso que llegó a ser subcampeón. No era titular, pero era un excelente y veloz palomero.
En ese entonces mi tío vivía en el Barrio Eduardo Santos en la terraza de la casa de doña Carmen, que tenía el techo de zinc lleno de huecos. Así que los dos jóvenes Pulido lo invitaron a almorzar a su casa y le propusieron a su madre, doña Ana Ramírez, que le alquilara una pieza a Kempes. Don José del Carmen Pulido, el padre, estuvo de acuerdo y mi tío vivió 40 años en esa casa, convirtiéndose en el abuelo de los nietos de doña Ana y don José. De hecho, cuando don José del Carmen murió, quedó Kempes. El día que fui por sus corotos abandonados, era día de reunión familiar. Estaban todos los Pulido en la terraza donde dormía mi tío: «ahí tenía colgada una guitarra», me dijo Marco Antonio. «Cuando mi mamá cumplía años, Kempes sacaba la guitarra y le cantaba una canción».
También le cantaba una canción cuando le tocaba pedir perdón por la peda de la noche anterior, que era insoportable cuando combinada el alcohol con la bareta. Doña Ana y Alfonso tuvieron muchos desencuentros por el consumo de marihuana y él se abstenía por un tiempo, pero luego volvía a ocurrir. Diego y Berta, sus hermanos, me han dicho que Alfonso llegó a consumir bazuco y que muchas veces había que irlo a sacar de alguna olla macabra, pero todo indica que, al menos en Bogotá, su amor autodestructivo se limitó a la yerba canábica.
Como había llegado sin más trasteo que unos cuadros, unos pinceles, dos mudas y sus cigarrillos, Ana Ramírez le compró un colchón que mi tío le pagó a cuotas. En navidad, cuando la casa acogía a unas 35 personas entre primos, tíos, abuelos, sobrinos y nietos, siempre hubo para Alfonso un par de calzoncillo o un par de medias y él siempre tuvo en su mochila de cuero negra una fruna, una chocolatina o un bombón para todos los niños de la casa, razón por la cual, eran los primeros que subían corriendo a saludarlo cuando recién llegaban o eran los primeros que bajaban ligero a abrazarlo cuando lo oían llegar.
40 años y una vida de pintar calcomanías para las chivas, para los buses urbanos, leones en el capó de jeepetos, o las famosas rutas estilizadas de los buses. Es posible que, según los datos que he colegido gracias a la IA, mi tío sea el inventor de la famosa ruta de bus capitalina, estilo que hoy se vende como souvenir de la ciudad. De lo que más vivía era de pintar esas rutas que a veces llevaban alguna imagen obscena a un ladito. El transmilenio acabó con su trabajo y empezó una etapa en la que a duras penas lo contrataban para pintar las placas enormes que los transportes públicos y las mulas debían tener en las puertas y en el techo. Entonces fue mi padre y mi tía Berta quienes pagaron su subsistencia por casi 26 años.
Hasta donde sé, no tuvo novia, no tuvo hijos. Quizá fuera un mujeriego, quizás le gustaran las putas, quizás la calle era suficiente para él. Con el paso de los años, Alfonso fue enfermando, los niños que entonces le abrieron las puertas de esa casa, crecieron, se casaron, tuvieron descendencia y se fueron a vivir a otro lugar. Doña Ana, ya sola, no podía hacerse cargo de la casa de tres pisos y de Alfonso, que tuvo una recaída y fue internado en un hospital. Cáncer en la garganta fue el diagnóstico. La operación era compleja y delicada. La tía Berta fue a Bogotá junto con su hijo, Andrés Fernando, que es médico cirujano. La cirugía salió bien y el tío se recuperaba en una habitación del hospital, hablando tranquilamente, cuando sin motivo conocido, otro médico leyó el historial y ordenó sacarle las cuerdas vocales, que para evitar una metástasis, había dicho. Supongo que en ese momento no estaba mi primo. Alfonso volvió a entrar a cirugía y perdió el habla. Le ofrecieron hablar por medio de un aparato electrónico, pero Alfonso no tenía vocación de cyborg. Se quedó mudo.
Cuando en 2023 fui a recoger sus efectos personales, su amigo Kiko Girón me dijo que Alfonso seguía saliendo a la calle como antes de la operación, pero se frustraba porque no podía hacer las cosas que más le gustaban en la vida, hablar, fumar y beber. Quizás bebía, y regresaba a casa trastabillando, cosa que a sus amigos empezó a preocupar. «Temimos que se nos muriera en la calle de una caída». Ya no era el hombre que le hacía los dibujos a los más jóvenes de la casa, ni los trabajos de manualidades a Nicolás el hijo de Dora o las carteleras a Jersson, a Margie, a Giannina, a Mateo o a Anamaria.
No, era un anciano incapacitado casi por completo que vivía en una casa de tres pisos con otra anciana que tampoco podía valerse ya por sí misma. Hace décadas que los herederos de doña Ana Ramírez querían vender la casa, pero solo entonces se dieron cuenta de que su madre no podía seguir viviendo así, debía irse a vivir con ellos para poder cuidarle. Igual que Alfonso necesitaba de alguien que lo cuidara.
«Alfonso lloró desconsolado cuando le insinuaron la situación», me dijo Kiko, «por eso no quisimos volverle hablar del tema, pero había que desocupar la casa, por eso hicimos lo que hicimos». Lo que hicieron fue decirle al tío Alfonso que iban para Juanchaco, en Buenaventura, que viniera con ellos para que visitara a sus hermanos en Cali, que al regreso del mar, lo recogerían y regresarían a Bogotá. Mi tía Berta compró los tiquetes de avión de ida y vuelta. Ella tampoco sabía lo que iba a ocurrir. El tío estuvo en Cali y en Popayán y se veía contento. Fue la segunda vez en la vida que lo vi y ya no era el mismo. Hablábamos por medio de una pizarra mágica y tenía un hueco en la traquea por la que expectoraba desagradablemente. Cuando ya fue un hecho que sus amigos lo habían dejado tirado en Cali, su ánimo se puso gris, estaba de mal genio día y noche, rechazaba la comida, prefería no bañarse, gesticulaba groserías, expectoraba para causar asco… Se volvió insoportable. Sin pensión, sin hijos, sin esposa, sin trabajo había regresado a todo lo que había dejado atrás en su juventud: Cali y su familia.
Por su comportamiento no hubo más remedio que intentarlo en un hogar para el adulto mayor. Quedaba en San Luisito II y me daba tristeza verlo ahí, hacinado, en medio de otros ancianos tristes que miraban a la calle a través de las rejas como esperando un visitante que jamás llegaba. Él aún no entendía lo ocurrido y me decía que en Bogotá lo estaban esperando, que tenía trabajo que hacer allá, que quería volver a su vida, a sus amigos, a sus noches de bohemia. Pensaba que todo había sido un complot ideado por su hermana y mi papá. Yo lo comprendía, en realidad su familia era la de Bogotá, pero ellos a la vez no podían o no querían hacerse cargo de esa última y difícil etapa del tío. En Bogotá, doña Ana Ramírez me preguntó llorando que por qué Alfonso se había ido sin despedirse. Ella tampoco sabía que Kiko lo había dejado en Cali movido por un sentido de responsabilidad y compasión. Al menos así fue como me lo explicó.
Estando en la terraza, aquel día que fui a recoger los restos de su obra en Bogotá, un joven se echó a llorar en mis brazos al verme porque me parecía mucho a su abuelito Kempes. Lo querían, no hay duda… ¿por qué no enfrentaron la despedida y prefirieron engañarnos a todos?, ¿por qué no vinieron a visitarlo a Cali cuando estuvo en el asilo? Solo vino alguien que mi tío no reconoció al principio, era Nicolás, hijo de Dora, que acababa de llegar de Australia, donde reside. Al llegar lo primero que dijo fue que quería ver a kempes, que donde estaba. Nadie le daba razón. Las circunstancias en que mi tío fue exiliado de su hogar, y el propio comportamiento de Alfonso, había convertido a mi tía Berta en un ogro para la familia Pulido. Entonces Kiko se comunicó conmigo y yo les facilité la dirección del asilo. No les guardo rencor, en su lugar quizás yo habría hecho lo mismo. No sé, nunca se sabe hasta que se vive.
Después de la operación, los médico predijeron que Alfonso viviría si mucho 3 meses más. Vivió 3 años casi todos en ese asilo del barrio San Luisito II de donde lo echaron por mal comportamiento (tiraba la comida, no quería bañarse, no dejaba que le lavaran la ropa, gesticulaba madrazos y ofensas y finalmente mechoneó a una de las enfermeras) y pasó a otro asilo en Pectecuy donde no duró ni una semana. El jueves 18 de junio no quiso comer nada, sentía el estómago como una piedra, y en la noche la presión le había bajado drásticamente. En el hospital Joaquín Paz, mi primo el cirujano se negó a que lo intubaran porque ya tenía un cáncer muy avanzado en los pulmones. Esa misma noche iniciaron los cuidados paliativos.
Yo me enteré el viernes, y el sábado como a las 8 de la noche el pintor primitivista Alfonso Jesús Veitia entregó su alma al creador. Dejó una extensa obra en las casas de sus amigos, vecinos, clientes, restaurantes de mesa larga, busetas, buses, chivas y jeepetos. Sus amigos en Bogotá imprimieron un calendario de 2025 de colección con doce de sus mejores imágenes, y hoy le hago este homenaje póstumo al artista que fue. Vuela alto, tío, y saludos a mi madre.