La paradoja sobre ciertas prácticas de ser inteligente en Colombia

Por Luis Miranda Echeverry

En Colombia ser inteligente es burlarse de las normas y de los demás, sobre todo de quienes cumplen las normas. Dicho de otro modo, inteligente es aquel que logra beneficiarse a sí mismo a costa de los demás.

Pero, ¿qué es beneficiarse a sí mismo? Si le preguntaras a un inteligente, no te responderá, porque los inteligentes no piensan. Si tienes suerte y el inteligente siente que no contestar lo hace parecer tonto, entonces dirá que es obvio: beneficiarse a sí mismo es obtener lo que uno quiere. Y lo que se quiere depende del momento, puede ser salir rápido de una diligencia o ganar un poco más de dinero. Tirso de Molina ya había configurado al colombiano inteligente en 1617, cuando publicó El burlador de Sevilla, El convidado de piedra o Tan largo me lo fiais, que al final son la misma obra. Don Juan es la estampa de quien se aprovecha de la bondad y de la confianza de sus congéneres. Eso es para los colombianos la inteligencia.

Es lógico entonces que nos parezcan inteligentes los delincuentes que nos roban desde el gobierno, puesto que no nos roban sino que nos estafan. ¡Son ricos! Consiguen lo que quieren, por eso son de admirar, no de encanar.

Esta tergiversación del término tiene por supuesto una causa histórico-cultural. Arranquemos en el Siglo de Oro español, siglo XVII, cuando aparecen las primeras novelas picarescas, fruto del fuerte contraste de valores entre los distintos estamentos sociales: los hidalgos empobrecidos, los conversos marginados, los desheredados en contraposición a los burgueses enriquecidos y los caballeros, en medio de un sistema diseñado para beneficiarse a sí mismos, no para distribuir la riqueza; que era el trabajo del rey, el único que podía darse el lujo de ser magnánimo,  o si se quiere comprender mejor, cuya función era encarnar los altos valores de la divinidad, o dicho de modo más moderno era el socialista del parche. El pícaro de dichas novelas encarna lo que nosotros en Colombia llamamos inteligencia. Las casas reales, sin embargo, no tuvieron la suficiente inteligencia para mantener su rol en esa sociedad.

Marina Seoane - Ilustraciones: El árbol de los clásicos-El burlador de Sevilla

Qué habría sido más inteligente de parte de las casas reales, ¿volverse obscenamente ricos y perder el poder en manos de la revolución francesa o seguir encarnando el ideal y fortalecer su lugar en la sociedad? Los colombianos responderán que los inteligentes fueron los burgueses que burlaron a las familias reales y los tumbaron, no con violencia, sino con inteligencia; evadiendo así, inteligentemente, la pregunta, pues la inteligencia colombiana siempre gana, ya que perder es de tontos. Se esgrimen estos silogismos con complejo de superioridad. Sin embargo, si alguien nos explicara que los que ganaron fueron las familias reales, porque se volvieron obscenamente ricos sin necesidad, ya de hacer ese difícil trabajo de ser magnánimos, los colombianos diremos que ese alguien es un prepotente aspirante a dictador y castro-chavi-comunista.

Sí, lo que en Colombia se considera inteligencia colombiana, es realmente la estupidez. De manera que es más inteligente no ser inteligente, porque ser inteligente implica demasiado esfuerzo, como explicó alguna vez Estanislao Zuleta. Además, los inteligentes se enredan y se equivocan, piensan, y como todo colombiano inteligente sabe, el que piensa, pierde. O sea, ganar es ser inteligente. Pero no ganar güevonadas etéreas, no, ganar en el sentido de ganar. Ningún colombiano inteligente podría explicarlo mejor. Ganar es lograr los sueños de nuestra sociedad: apto, carro, familia, plata, mucha plata, plata para obtener al fin la libertad para hacer lo que queramos impúdica e impunemente. Para el ganador colombiano, eso es lo que todo ser humano quiere. Y los que no, pues son pobres: los pobres que sirven para algo son obreros, empleadas de servicios, explotados en general; los que no sirven sino que se ponen a joder con política, los masacran y ya está. En el mundo todo está bien. Los inteligentes ganan, los tontos pierden o mueren.

Jimmy Liao / Antología de ilustraciones

Los griegos llamaban idiota a quienes despreciaban el bien común, aunque vivieran de él; a los que ponían por encima su beneficio particular sobre el general. Y ¿por qué? Un colombiano inteligente y ganador dirá: porque eran socialistas. No, no lo eran, no existía el socialismo, ni el comunismo, Lenin nació en el siglo XIX. Otro colombiano inteligente insistirá: por algo están ahora donde están. Pues bien, lo que nuestros inteligentes compatriotas no ven, es que el desprecio por el bien general termina afectando el bien particular en forma de inseguridad. Por eso necesitamos más policías y una reforma judicial para que no suelten a los delincuentes que los policías se matan agarrando. Parece una respuesta inteligente, y además lógica, pero la verdad es como tener una gotera en la casa, y en lugar de arreglar el techo, contratas a un fulano para que ponga un tarro vacío debajo de la gotera cada vez que se llene.  

Lo peor de esta concepción de inteligencia es que no es una cosa de derechas o de izquierdas. También los de centro conciben la inteligencia de esta manera, y cuando un niño o una niña se sale con la suya, dicen, ¡qué inteligente! Y eso mismo dicen de los políticos y las políticas, pero cuando un obrero o una empleada se salen con la suya dicen, ¡qué desgraciada, qué maldita, pobre hijueputa, bandida! Y otros rastreros adjetivos. Como dice Grace Margaret Mulligan en Manderlay: El esclavo de la casa se siente patrón y los defenderá como un perro rabioso. Solo que nosotros no somos esclavos, sino siervos voluntarios, pero como esos esclavos, hemos recibido algunos privilegios en un mundo que creemos es una mierda y no va a cambiar nunca; somos las presas, ellos los predadores, esa es la función que nos tocó en esta vida, antes deberíamos de agradecer y cultivar la lealtad.

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