En Órbita

Tío Carlos: Un alegato contra la muerte

Dentro del recientemente creado Festival de Teatro Alternativo Pasionaria 2023 de Cali se estrenó Tío Carlos, una obra de Teatro Documental que narra la trágica historia de la que una familia evitó hablar hasta hoy. La puesta en escena, además de ser experimental, revive uno de los episodios más luctuosos de la historia de la justicia colombiana.

Por Redacción

En Colombia existe la curiosa costumbre de glorificar al villano. Eso puede tener raíces profundas, como que Simón Bolívar fue el villano que nos independizó de España; o los guerrilleros liberales de los años cincuenta que vengaban al pueblo del horror producido por los chulavitas. En Cien años de soledad, Aureliano Buendía llega a tener 17 hijos fruto de sus campañas, porque las madres ofrendaban a sus hijas para tener el honor de criar un Buendía. Sin embargo, a partir de los años 80, el villano glorificado fue el narcotraficante, y quizá para eso haya otras explicaciones, como que algunos narcos tuvieron un discurso reivindicador de la promesa incumplida del capitalismo: eso de que, si trabajas duro, puedes llegar a ser rico etc, etc…

 

Tío Carlos es la historia del héroe sin máscara que deberíamos glorificar. Carlos Ernesto Valencia recibió el cargo de magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Bogotá cuando Jaime Pardo Leal renunciaba para convertirse en candidato presidencial en 1985. En 1986 es asesinado Guillermo Cano y en el 87 Jaime Pardo Leal. Carlos Ernesto Valencia fue el único magistrado en presentarse a las exequias. Le llegaban las papas calientes de las que ningún otro magistrado quería hacerse responsable porque se sabía que quienes se metieran ahí terminarían asesinados, exiliados o secuestrados. Él creía, junto a un puñado de otros y otras altas jueces, que la justicia es la piedra angular de la democracia, y soñaban con una Colombia mejor para sus hijos. Por eso el Tío Carlos analizó los casos de Guillermo Cano y de Jaime Pardo y llamó a juicio a Pablo Escobar Gaviria por el asesinato del primero, y a Gonzalo Rodríguez Gacha por el del segundo.

 

En realidad, la sentencia sobre Pablo Escobar sólo tiene su firma, quedó sobre el escritorio de la secretaría quince minutos antes de ser atacado por los sicarios. El Estado colombiano fue condenado por este crimen. Su legado ameritaría camisetas y conmemoraciones al menos dentro del ámbito judicial, pues demostró ser incorruptible incluso a costa de su vida; asumió la responsabilidad de impartir justicia ahí donde otros habían huido de miedo, donde otros jueces y magistrados habían cedido a la mafia, él la confrontó. En un apartado de la obra, Eduardo Gómez, su cuñado, explica que no era soberbia o necedad, sino que Carlos creía que la mafia no se metería con la justicia, que no se atreverían a tanto.

La Obra

La obra empezando sobre las calles de Miraflores en Cali.

 

No se concentra en estos hechos finales de la vida del magistrado, sino en la celebración de la vida de Carlos, del tío, miembro de una familia numerosa llena de talento y alegría.

 

La obra comienza en el parque de la Herradura, en el barrio Miraflores de Cali, donde Beatriz, la hermana de Carlos, nos cuenta el comienzo de su vida en Pereira, en el barrio Ciudad Jardín, donde al visitante se le daba la bienvenida con un corozo que debía abrir sin aplastar el fruto. Muchos de los asistentes recordaron esa costumbre campesina de los años 50 que se practicó en Colombia.

Luego se camina hasta la casa para recorrer tres espacios; uno donde Tito, hermano de Carlos, canta una canción acompañado de su guitarra; otro donde está la máquina de escribir y la grabadora en la que el Tío Carlos grababa sus sentencias; y un tercer espacio donde finalmente se acomoda el público frente a una pantalla. 

La obra juega con varios lenguajes; el video, la radio y la acción teatral inmersiva, que busca que el espectador se sienta parte de la familia del Tío Carlos. Estando ahí es inevitable pensar en nuestras propias familias, los pequeños rituales que se mantienen a pesar del tiempo y esa mágica sensación de reencontrarse con un hermano, una prima y reanudar naturalmente una charla abierta décadas atrás. Se percibe la sensación de querer recuperar la memoria de nuestros seres queridos idos, celebrarla y volver a vivir en su nombre momentos que actúen como constelaciones que descifren el origen del trauma.

La Memoria

María Luisa Valenzuela, viuda de Carlos, recibió mensajes de apoyo durante los días de duelo, mensajes como este: las balas no podrán apagar la llama de la justicia y la libertad que hombres como su esposo ha encauzado. Esta obra no es un canto de rencoroso, sino un canto de esperanza desde el más profundo dolor, un alegato contra la muerte y una celebración de la vida.

Aquí, cuando un niño hace alguna fechoría y se sale con la suya o manipula a los jueces (que son sus padres), sus propios padres suelen calificarlo de inteligente. Usamos ese calificativo para hablar de la astucia, y en cambio, llamamos ingenuo al honrado y justo.

Es difícil saber qué fue primero, si la glorificación del villano o el eufemismo inteligente para nombrar al avión, al avispado, al digno de desconfianza, el engañador, el burlador (recordemos que este es el verdadero apodo de Don Juan, El burlador de Sevilla). Lo cierto es que es hora de reenfocar esta valoración y glorificar al honrado, al sincero, al justo. En eso esta obra de teatro documental puede ser un buen comienzo.

Fotografía: Nicolás Hurtado.

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