La vergüenza de existir (tercera parte)

La vergüenza de [no] ser banal

La honte d’exiter par Pierre Ancet (1)

Traducción de Vilma Penagos Concha

Especial para Tercera Órbita

Es justo decir que la vergüenza puede estar comúnmente relacionada con un ideal demasiado inaccesible del yo, un ideal del yo bastante distinto del superyó, poco vinculado a la norma, a lo prohibido o a la moralidad. Un ideal tan alto puede tocar la omnipotencia y aparecer luego más relacionado con esta que con el superyó (que además emerge de ella durante su génesis). «Tienes que ser excepcional y si no lo eres, no eres nada. Sólo eres basura». Esta forma de vergüenza es la de la mediocridad, que parece ser una fuente de sufrimiento contemporáneo muy extendida. Ser banal, ser ordinario se ha convertido en una desgracia.

Este patrón se aplica a las personas con discapacidad cuando se espera que trasciendan su condición orgánica para convertirse en seres excepcionales. Se vuelve vergonzoso no haber llegado tan alto como se esperaba en la escala de reconocimiento social. Pero también puede ser que esa vergüenza se derive de la imposibilidad de alcanzar una normalidad tristemente banal, compartida por la mayoría de los individuos y, sin embargo, fuera de su alcance. «Todos pueden hacerlo, pero yo no». La vergüenza ligada a la discapacidad tiene que ver con aquello de que todos (al parecer) son capaces, pero en lo que uno falla.

Mientras pueda redimirse, de una manera u otra, esta vergüenza sigue siendo ordinaria, mantenida por la culpa de no haber sido capaz, pero con la perspectiva, incluso fantaseada, de poder hacerlo mejor algún día. En la vergüenza ontológica, el sentimiento es de no valer nada en absoluto, sin redención posible. Se es nulo sin la posibilidad de superar la nulidad. El fracaso se insinúa poco a poco en la consideración de uno mismo por uno mismo. Se vuelve recurrente, efecto de lo real contra una terquedad que se juzgará irracional (3). Y el fracaso parece siempre relacionarse con el “gancho” de la discapacidad. (Goffman, 1975, p. 21), como si todos los problemas, insuficiencias o insatisfacciones encontradas se aferraran a ella, se explicaran por ella. Pensar de esta manera es creer que sin discapacidad la vida sería fácil, que, sin discapacidad, todo sufrimiento o dificultad desaparecería y la vergüenza con ellos. Esta es una ilusión relativamente común entre las personas con una discapacidad de nacimiento, mientras que la vergüenza, incluso ontológica, obviamente afecta a todos.

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Afirmar: «Deberías haber tenido éxito, pero fracasaste», es una idea bastante común, pero no es lo mismo que relacionar este fracaso con la discapacidad física o intelectual registrada definitivamente en su individualidad (si no en su personalidad). A veces el consejo lleno de solicitud y el “sentido común” refuerza esta imagen de fracaso: «Si pudieras haber caminado, podrías haber tenido éxito. Pero tienes que ser razonable». «También hay trabajos de oficina». ¿Qué consuelo puede obtener un joven en silla de ruedas que admira las habilidades físicas de los hombres que se dedican a oficios de acción? Tienes que tener una fe inquebrantable en ti mismo y en el futuro para embarcarte en un camino que todo el mundo dice que está condenado de antemano. Esta percepción del futuro, impulsada por una fuerza vital es relativamente rara, pero sobre todo valiosa. No está relacionada con la importancia del daño orgánico o con las llamadas condiciones de vida “objetivas”. Este sentido de futuro a menudo está presente en la adversidad (Ancet & Nuss, 2012, pp. 178-183) y a la inversa el sufrimiento de existir se encuentra en personas avergonzadas independientemente de su situación, independientemente de sus habilidades reales. Para quien experimenta vergüenza ontológica, no hay estabilidad interior en la que confiar, ninguna seguridad, ningún

antecedente psíquico en los que confiar frente a la adversidad (Tisseron, 2007, p. 112). No puedes tocar fondo cuando sientes que te resbalas. Porque para tocar fondo se presupone que hay uno. El avergonzado tiene miedo de hundirse en sí mismo sin retorno, sin nada a que aferrarse. Sólo quisiera estar en otro lugar o no estar, desaparecer, aniquilarse. Su vergüenza no tiene fondo. Los recursos externos parecen ser de poca utilidad, ya que la percepción de discapacidad ha sido internalizada, a veces propiciada y reforzada por quienes conforman su entorno. No hay nada en sí mismo que uno sienta que pueda oponerse al veredicto de incapacidad, pronunciado por personas supuestamente más capaces que uno mismo, poseedores de una verdad sobre uno mismo que parece ser la única verdad posible.

Justificar la vergüenza por sus propias acciones

La consecuencia de esta vergüenza ontológica es que muy a menudo el individuo se comporta mal para poder anclar en sus acciones el motivo de su vergüenza: «al menos así sabré por qué no me quieren», diría este discurso interior que no siempre está formulado. La torpeza, los errores pueden ser medios para justificar este rechazo, para darle sustancia y realidad. Ésta es una de las razones por las que muchos niños con discapacidades físicas, intelectuales o cognitivas (4) pueden trabajar más duro involuntariamente para parecer menos capaces de lo que son en realidad (o lo serían sin el efecto de la vergüenza).

A menudo la discapacidad se le atribuye a la incapacidad. Pero ¿qué tienen que ver realmente esas incapacidades con una discapacidad debida a una lesión, también llamada deficiencia o impedimento? El sufrimiento psíquico, la desorganización del apego temprano (Michel, 2009, p. 122), la vergüenza hacia uno mismo son fuente de dificultades contra las cuales el individuo debe luchar, lo que dificulta la evaluación precisa de sus capacidades y discapacidades.

La vergüenza se pega a la piel y se pega a la mente. Puede adoptar la forma de una sentencia prejuiciosa sobre uno mismo que parasita todo razonamiento. Es difícil centrarse en un problema o una tarea determinada cuando tu voz interior te dice constantemente «no puedes», «no vales nada»

como si estuviera lista para surgir a la menor dificultad. En donde el individuo seguro de sí mismo siente placer al afrontar la dificultad porque sabe de antemano que va a triunfar, el individuo que se avergüenza de sus facultades intelectuales se siente perdido y en peligro tan pronto como no logra encontrar inmediatamente una respuesta al problema (5)

Por tanto, los fracasos son formas de autojustificación de la vergüenza. Con ellos se hace posible saber por qué estamos puestos aparte. Esta separación se justifica. Y a veces el fracaso en sí no tiene necesidad de ser real. Como nos recuerda Cyrulnik (2010, p. 77) “no es el fracaso lo que causa vergüenza, es la sensación de fracaso”. Este sentimiento está profundamente inscrito en quien se avergüenza. Él es en sí mismo un fracaso. Fracaso biológico, fracaso de los padres, fracaso de profesores o profesionales: ¿por qué toda su vida no estaría completamente bajo este signo de fracaso?

Es muy difícil sacar a alguien de esta espiral de fracaso que se perpetúa en sí misma. Se entenderá que sea difícil tranquilizar a una persona que se avergüenza de sus capacidades, hacerle recuperar su autoestima (como si la autoestima pudiera recibirse como un regalo).

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